OCURRIÓ EN LA PLATA

El Hombre de la Bolsa del barrio El Carmen y el sátiro que perdió en el peaje de Hudson

La peor pesadilla se había corporizado en aquel verano platense. Pistas que se contradecían, testigos inseguros, el miedo siempre presente y dos misterios

Por HIPÓLITO SANZONE

hsanzone@eldia.com

“Duermete niño, duermete ya o vendrá el Cuco y te comerá”.

El dato tenía tanta certeza que exigía la mayor rapidez posible. “Me dicen que estaría llegando al peaje de Hudson, hay que agarrarlo ahí, más vale que no se nos escape”.

La orden no ofrecía margen para la duda y ejercía en aquellos policías una tremenda presión porque si el tipo se les llegaba a escapar, agarrate Catalina. La Ciudad hablaba, en modo de creciente temor, del tipo que merodeaba las quintas del norte platense en ese verano del primer del primer año del nuevo siglo. Era un diciembre caluroso, incierto por donde se lo quisiera mirar y los rumores, primero, y las noticias después sobre un individuo que secuestraba niños y los golpeaba, no ayudaba a mejorar el clima.

CARA PELUDA

El Hombre de la Bolsa o el Cuco, un personaje de la cultura hispánica pero también europea, era (¿sigue siendo?) usado para asustar a los niños como manera de conseguir mejores conductas.

Por diferentes interpretaciones ha ido yendo de Coco a Cuco, siempre vinculado a ese fruto peludo que se aseguraba era la cara del asustador.

Pero más allá de la fantasía, la cruda realidad ha emparentado al Cuco o al Hombre de la Bolsa con perversos de toda clase. Y La Plata tuvo el suyo.

Todo empezó con rumores, como los que vuelta a vuelta se oyen sobre la famosa Combi Blanca, desde donde -se asegura- son secuestradas mujeres jóvenes para ser entregadas a las redes de trata de personas.

Pero cuando Néstor Maresco se presentó en la tarde-noche del martes 28 de noviembre d 2000 en la comisaría de El Carmen y contó que su hijo había sido uno de los tres pibes secuestrados, llevados a un descampado y golpeados para luego ser abandonados, la cosa cambió de color.

Los menores, dos varones y una nena de entre 7 y 10 años, caminaban hacia un kiosco por la zona de 93 y 123, muy cerca de sus casas y de acuerdo con los relatos, un hombre que bajó de un Fiat 128 de color verde se les abalanzó, tomó a la nena de los cabellos y a un nene del cuello y los obligó a subir al auto, mientras la tercera criatura obedecía, paralizada por el miedo. Los obligó a tirarse en el piso del auto y a callarse, bajo amenazas de que les pasaría algo mucho peor de lo que les estaban pasando.

TERROR EN SICARDI

A esa altura, ya en la zona del barrio Aeropuerto se hablaba de un caso de violación de una niña que había sido abandonada sin ropas por la zona de 7 y 659, en lo que empezada a florecer como Parque Sicardi. Y fue justo ahí donde el degenerado dejó a los chicos que secuestró en El Carmen.

Para entonces, más de media policía de La Plata recorría la franja de los barrios referenciados en El Carmen, en la frontera entre Berisso y La Plata. El operativo incluyó hasta un helicóptero. Cerca de las 20.30, un vecino de Sicardi se comunicó con la policía y dijo haber encontrado a dos nenes y una nena llorando en un baldío, muy asustados y con signos de haber sido golpeados.

Merodeaba las casas quintas, espiaba hacia las piscinas y esperaba agazapado para atacar

 

Maresco fue el único de los tres padres que quiso hablar de lo ocurrido. “Hoy miro las cosas de mi hijo, miro las fotos y los trofeos de fútbol y me da una angustia que no se puede describir con palabras”, contaría.

Más allá de ese final feliz, el miedo ya se había instalado en la zona y se extendía a otros barrios de la Ciudad.

El secuestrador era, según los relatos, un hombre joven, de alrededor de 30 años, alto y delgado, de cabellos cortos y un tatuaje a cuadros en el brazo derecho.

Los testimonios de familiares de algunas víctimas y el identikit que no ayudó a capturarlo pero que quizá lo indujo a detener su accionar

EL REMISERO Y EL ALBAÑIL

El impacto que provocaba la aparición del sujeto le trajo rápidamente a los investigadores el recuerdo fresco de El Chileno. Y rezaban para que este otro tipo no dejara el tendal de víctimas que el otro había dejado un año antes en la zona de Gonnet, City Bell y Villa Elisa.

El Chileno, a esa altura, estaba preso y era un remisero llamado León Figueroa. El destino quiso que sus fechorías se cruzaran con las de un albañil de 27 años que también se presentaba como maestro mayor de obras y de ahí que frecuentaba la zona de casas quintas donde luego se sabría había hecho varios trabajos.

El tipo era de estatura mediana, piel trigueña y abundante cabello enrulado. Los testigos no dudaron en definirlo como callado, respetuoso y entregado al trabajo de manera tal que rara vez aparecía en las obras con algún ayudante. Nunca se develó el misterio del albañil.

Al principio se daba por sentado que El Chileno andaba en un Peugeot 405, un auto que se había dejado de fabricar unos años antes, pero que mantenía la clase que le daba una carrocería diseñada por Pininfariña. Pero el albañil se movía en un VW Polo de color gris. ¿Quién era entonces el depravado del Peugeot?

Su obsesión eran las mujeres jóvenes. En una zona poblada de piscinas y en pleno verano, el miserable estaba pendiente de ellas.

Entre enero y marzo de ese año atacó media docena de veces, siempre al caer la tarde, aunque se reportaron dos casos a plena luz del día, en la calma de la siesta. Se lanzó un alerta a la población y se aconsejó a los padres de las adolescentes que extremaran precauciones.

EL VECINO

Le apuntaba a menores que por lo general se movilizaban en bicicleta. Se les acercaba con la excusa de preguntarle por alguna persona o dirección y, cuando la adolescente se aproximaba al auto para responderle, extraía un arma, la amenazaba y la obligaba a subir al auto. Lo demás nada cuesta imaginarlo.

En esa investigación se usarían recursos de película, como policías camuflados como cortadoras de pasto, barrenderos, afiladores de cuchillos y hasta una oficial de la comisaría de Villa Elisa, que salía a pasear de pollera corta y una 9 milímetros en la cartera. Esta mujer policía no tendría suerte con la captura de El Chileno, como sí la había tenido en otro recordado caso.

Una tarde de ese verano previo a otro verano trágico para el país, un hombre que regaba las plantas en su jardín de adelante, en una casa típica de las del camino General Belgrano del “viejo City Bell”, vio algo que le llamó la atención. Un hombre, a bordo de un 405, se había detenido en la banquina y parecía estar arreglándose la ropa, como quien viene del baño.

El regador le tomó la patente al auto.

Pertenecía a un remisero registrado en una agencia del barrio porteño de Belgrano (R). Los rasgos físicos del chofer se correspondían con el identikit que se había hecho en base al relato de algunas víctimas.

DERECHITO AL PEAJE

Desde la denuncia del vecino a la detención pasó una semana. Hasta que el remisero volvió a lo que ya consideraba su coto de caza. Pero el tipo tenía un radar interior que lo hizo volverse. La flamante Autopista La Plata-Buenos Aires le garantizaba rapidez pero también fue perdición.

“Me dicen que en minutos estaría llegando al peaje de Hudson”, fue el dato del fiscal del caso, Marcelo Romero, que pidió rapidez y mucho cuidado en el procedimiento. No se sabía hasta qué punto el sujeto podía resistirse, sobre todo porque el dato era que andaba armado.

Perdió en el peaje. Vestía pantalón negro y camisa blanca, la misma ropa que habían descripto las víctimas.

Y otra evidencia contra él fue que el Peugeot 405 tenía una marca en el parabrisas similar a la descripta. Más tarde, una rueda de reconocimiento terminó por cerrarle cualquier camino para esquivar a la Justicia.

Pero el Hombre de la Bolsa de El Carmen era otra cosa.

Las primeras pistas apuntaron para el lado de Punta Lara, hacia un breve caserío ubicado a unas tres cuadras de, por aquellos años, un punto de referencia más allá de la tradicional Pérgola: la Botica del Chorizo, una parrilla que había tenido registros de años de esplendor.

Pero los datos eran contradictorios porque el sujeto sobre el que se sospechaba no tenía recursos económicos para andar ni en un Fiat 128 ni, apenas, en una bicicleta.

EL 128 VERDE

Mientras la presión de los vecinos iba en aumento, empezaban a florecer alertas sobre el paso del misterioso Fiat 128. Lo veían en Parque Saavedra, en el San Martín, detrás de la cancha de Villa Montoro.

Los testimonios eran de parientes de amigos, de conocidos, de vecinos de otros vecinos. Se empezaba a construir una FOAFT (friend of a friend tales) una Historia del Amigo de un Amigo, como los manuales definen a las Leyendas Urbanas.

En la búsqueda se usaron policías disfrazados de barrenderos, cortadores de pasto y hasta una mujer de pollera corta y una 9 mm en la cartera

 

En la frenética búsqueda de sospechosos, en el revolver y volver a revolver entre perfiles que pudieran coincidir con el Hombre de la Bolsa del Fiat 128, apareció el de un comerciante del rubro panadería, un hombre que en la mitad de los 90 había sido denunciado por una empleada harta de sus manoseos. Eran otros tiempos y la denuncia de la muchacha quedó ahí, pero a alguien le vino el caso a la memoria. Según los registros de lo que por entonces se llamaba Rentas, el panadero era propietario de un Fiat 128 y eso entusiasmó a los investigadores. Pero la alegría duró poco: el auto era blanco y se buscaba uno verde aceitunado.

A esa altura ya se contaba con un identikit hecho en base al relato de los dos pibes y la piba de El Carmen. El por entonces subcomisario Héctor Hugo Camerini, titular de la comisaría Tercera de Berisso, en cuya jurisdicción había caído el pesado tema, hizo pegar copias del identikit en casi todos los negocios de la zona. Y la imagen llegó también a los diarios.

“Estamos cerca”, diría, y a partir de ahí el fiscal Urriza, que investigaba el caso, pediría varias órdenes de allanamiento. Pero el Hombre de la Bolsa del Fiat 128 no aparecía.

HUMO EN EL CAMINO

En una pesadísima tarde de enero de aquel trágicamente inolvidable 2001, una columna de humo negro alertó a los vecinos de Punta Lara, cerca de Boca Cerrada. Cuando los bomberos llegaron encontraron un Fiat 128 en llamas. En su interior no había ningún cuerpo, como se creyó desde un principio. El Hombre de la Bolsa no estaba ahí, ni vivo ni muerto.

A pesar de los daños causados por el fuego, en algunas partes de la carrocería podía verse el color de la pintura original. Era verde aceitunado.

 

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