OCURRIÓ EN LA PLATA

La fuga de Arrascaeta y el secreto nunca develado de los presos que escaparon vestidos de mujer

¿Hasta qué punto son reales esas fugas cinematográficas, que con frecuencia ocurren en las cárceles argentinas?

La fuga de Arrascaeta y el secreto nunca develado de los presos que escaparon vestidos de mujer

Una afeitada imperfecta, que dejó sombra de la barba candado, delató a Morales Montenegro

Por HIPÓLITO SANZONE

hsanzone@eldia.com

“Asómese por la ventana y dígame si ve alguno con cara de boludo”.

El experimentado confidente, hombre con muchos años de caminar el ambiente carcelario, lanza un particular desafío. Apunta a demostrar una teoría que sostiene desde hace décadas, algo de lo que nadie hasta ahora ha podido convencerlo y que tiene que ver con que a sus colegas solo se les escapa lo que ellos quieren que se les escape.

Mil veces se ha dicho y se dirá que la realidad siempre tendrá una mejor baraja que la ficción. Que en el truco de las sorpresas siempre ganará la mano decisiva. En cuestiones que hacen a la vida en “la tumba”, como se le dice a la cárcel hay, en ese sentido, anécdotas para hacer dulce y más todavía a la hora de hablar de fugas, concretadas o en intento.

Escapar de la cárcel vestido de mujer ha sido desde siempre una fantasía de barrotes hacia adentro y la literatura y el cine se han encargado de fogonearla. Pero algunos han conseguido hacerla realidad. El asunto es que en todo eso hay un secreto bien guardado.

Alejandro Gustavo Arrascaeta andaba por los 25 años y en el mejor de los casos le quedaban como 15 más en la Tumba. Se le habían sumado causas por robo con armas de los juzgados 3 de San Martín y de San Isidro. En el otoño de 1986, cuando su abogado le dio malas noticias, Arrascaeta decidió que lo único que le quedaba era fugarse.

LA GRINGA CABRERA

Osvaldo Miguel Ouset era jefe del penal de Olmos y Horacio Daniel Piombo el juez de turno, al que le tocó lidiar con la causa de la fuga de Arrascaeta.

La evasión se concretó una tarde de sábado de agosto de ese año en que la cantidad de visitas, según los registros, superaba las 600. Como suele pasar, la mayoría de esas visitas eran mujeres con niños y niñas, una clásica postal del mundo carcelario.

Carmen Ledesma y Elena Cabrera, alias La Gringa, hicieron fila desde temprano para la visita. Una planeaba ver al preso Antonio Farías Poganza y la otra a Alejandro Gustavo Arrascaeta. En apariencia las mujeres no se conocían entre sí y apenas si en la fila para entrar al penal se cambiaron algunas miradas.

LA REQUISA

Ese día de agosto de 1986 los registros marcaban cerca de 600 visitantes y que la mayoría iban a ser conducidos al Salón 139 para tomar contacto con sus familiares detenidos. La versión oficial nunca le cerró a los investigadores que tras la fuga de Arrascaeta oyeron una explicación que hacía ruido por todos lados. Por ese tiempo y a partir de decisiones políticas en favor de los derechos humanos de los detenidos y sus familias, las requisas se habían vuelto menos severas, sobre todo en lo que tenía que ver con el cuerpo de los y las visitantes. “En los años siguientes y ante el crecimiento del consumo de drogas dentro de los penales, se endurecieron las requisas y los y las visitantes debían quedarse en ropa interior para las revisaciones”, se apuntó.

Así es como se explicó que “Ledesma y La Gringa ingresaron al penal con ropas de más y empezaron a quitársela, tipo capas de cebolla, ayudadas por una cortina humana que familiares de otros presos le hicieron en un rincón. Así le fueron pasando a Arrascaeta las ropas femeninas con las que fugó y así es como además pudieron maquillarlo y colocarle la peluca que una ellas llevaba puesta”.

EL MUEBLE DE ABOY

La historia oficial fue, cuentan, un peor remedio que la enfermedad y cerca de media docena de agentes penitenciarios fueron a parar a la calle.

Arrascaeta salió del penal caminando lentamente, cuidándose de que no se le notara el andar masculino pero tampoco sin exagerar para no llamar la atención de algún guardia que pudiera interesarse en su andar.

En una biblioteca imaginaria sobre la vida en las cárceles, el espacio dedicado a fugas podría ocupar varios salones. Las anécdotas se remontan a todos los tiempos. Entre las fugas increíbles de este siglo, se anota la de Luis Aboy que condenado a perpetua por homicidio planeó una evasión de película en la cárcel de Neuquén.

Aboy escapó escondido dentro de un mueble que los mismos guardiacárceles se encargaron de cargar en un camión. El mueble había sido construido en el taller del penal y destinado a una entidad de bien público que iba a usarlo como exhibidor de tortas y otras confituras. El preso se escondió hecho un bollo humano, sus compañeros encolaron el mueble y así fue. A la semana Aboy fue recapturado, pero su fuga dejó un tendal de sumarios administrativos y sanciones.

“Es lo que pasa después de una fuga. Los diarios y la televisión se quedan con la noticia del hecho pero atrás suele haber una catarata de sanciones, de sumarios internos y consecuencias que pueden ir desde la expulsión hasta la cárcel”, dice un viejo conocedor del ambiente penitenciario para definir que siempre detrás de cada fuga hay un escándalo.

EL TOPO MERLO, 93 DÍAS BAJO TIERRA

Como la ocurrida con trece presos de máxima peligrosidad que estaban alojados en un mismo pabellón del Complejo Penitenciario I de Ezeiza durante un festejo del Día del Niño. En medio del festival que habían organizado, con música, juegos y hasta payasos, un grupo se dedicó a hacer un túnel por el que durante la noche llegaron al alambrado perimetral, lo cortaron y escaparon. Llamó poderosamente la atención que solo dos meses más tarde se produjeron otras dos fugas exactamente iguales en el penal de General Roca, en Río Negro y en el de Bariloche.

El anecdotario de las fugas frustradas tiene en Luis Merlo a uno de los máximos exponentes. La historia le asignó el alias de El Topo porque estuvo 93 días bajo tierra cavando un túnel bajo su celda en el penal de Batán, cercano a Mar del Plata. La historia oficial dice que Merlo fue obligado por sus compañeros a semejante labor y que durante los 93 días que duró su ausencia, colocaron en su cama un muñeco con peluca. El plan no funcionó y siempre de acuerdo esa historia oficial fue a causa de las sospechas que habría generado en los guardias la prolongada ausencia de Merlo en el patio y otros sectores de la cárcel. Esa versión se usó para, acaso, tapar lo que verdaderamente había ocurrido y que tenía que ver con la complicidad de un grupo de guardias que fueron descubiertos por otros compañeros.

Los imprevistos han sido otro elementos clave. Dos presos que eran trasladados en un celular desde la Unidad 9 a los juzgados de San Martín creyeron tocar el cielo con las manos cuando el vehículo volcó y ellos lograron salir, como en las películas. Robaron una camioneta para huir pero el conductor, de la emoción, cruzó un semáforo en rojo y otro camión los partió por el medio.

Walter Castro escapó en muletas de la enfermería de la cárcel de Viedma y en la de Alvear, Mario Villaverde, alias Poxi se fue por la puerta del penal dejando a las autoridades convencidas de que esos uniformados que habían ido a buscarlo eran del SPB y el oficio de traslado que habían mostrado era auténtico.

UNA AFEITADA IMPERFECTA

En junio de 2012 al sistema carcelario de saltaron los tapones con la fuga de Marcelo Segovia, alias Monguito. El preso, de 34 años, tenía encima una condena de 20 años por el secuestro y asesinato del comerciante Emiliano Martinó en junio de 2010 en Ramos Mejía.

Cuentan su fuga del penal de Florencio Varela fue planeada con paciencia y gracias a que el hombre recibía desde afuera dinero y provisiones suficientes como para ser “considerado” entre los compañeros de pabellón. A ellos empezó a pedirles y comprarles, ropas de mujer que ellos le pedían a sus visitas. A salvo de cualquier requisa, alias Monguito se fue armando un guardarropas femenino en un lugar oculto de su celda.

“No son ni de película ni de novela sino producto de que alguien mira para otro lado”

 

El viernes 20 de julio recibió la visita de su pareja y se cree que ese mismo día, sin que haya certezas de cómo llegó a sus manos, se hizo de una peluca de mujer.

Segovia se habría cambiado en el baño, acaso ante la mirada hacia otro lado de quien debía vigilarlo. Vestido de mujer, con una bolsa con tuppers vacíos, pasó los tres controles y se fue.

Dos años después, Pablo Daniel Morales Montenegro protagonizaba otro capítulo de novela en la penitenciaría de San Felipe, Mendoza. Alojado en el Módulo 2 del sector B, un domingo de visitas intentó escapar vestido de mujer pero no lo consiguió. La primera explicación que se dio fue que Morales no había logrado, la noche anterior, lo que suele llamarse una afeitada perfecta y la sombra de la barba lo delató.

Una afeitada imperfecta, que dejó sombra de la barba candado, delató a Morales Montenegro

VER DE TODO

Quienes tienen muchos años en el mundo penitenciario se reconocen escépticos por naturaleza. Se asegura que eso tiene que ver con “han visto de todo” y no solamente nada los sorprende sino que saben, con conocimiento de causa, que hay situaciones de novela y de película que “no son ni de película ni de novela sino producto de que alguien mira para otro lado”.

Ese “mirar para otro lado”, se apuntó, implica correr un riesgo a cambio de un beneficio económico y de ahí, dicen los que saben, aparecen otras variables.

“El preso que arregla una fuga no es cualquier preso. Suele tener apoyo económico externo, no es algo que pueda hacer cualquier perejil”.

La falta de personal, la inexperiencia y una serie de situaciones que se dan en el ir i venir carcelario, ayudan a justificar o explicar algunos de estos casos.

“Usted debe partir de una base que es la base de todo: el preso está las 24 horas pensando en cómo hacerlo. Y ahí la imaginación es una herramienta”.

Al cabo de las visitas, se explicó, se realizan recuentos de detenidos y de visitantes. La cantidad de unos y otros debe coincidir antes de que se abran las puertas hacia la calle. A partir de esto, cuando un preso se fuga durante una ronda de visitas pueden pasar dos cosas: o se quedó el detenido o se quedó la visita.

“Si lograron irse los dos es porque alguien se equivocó en el recuento y esas equivocaciones no siempre lo son; ¿usted entiende, no?”, dice el entendido, para redondear la idea de que el secreto de esas fugas de novela parece ser entonces que no hay ningún secreto y que todo termina en el mismo cuello de botella.

“Vestido de mujer no se fuga ni el que quiere ni el que puede”, dice, y deja en claro que el segundo mensaje que no dará es ese viejo dicho sobre buenos entendedores y pocas palabras.

Las visitas, momento clave en el devenir carcelario

 

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