OCURRIÓ EN LA PLATA

La cruel estafa con los uniformes para trabajar en el Colegio Inmaculada

Una canallesca variante del Cuento del Tío conmovió a los platenses. Aprovecharse de la necesidad de trabajo

La cruel estafa con los uniformes para trabajar en el Colegio Inmaculada

El cuento del tío con los uniformes del Colegio inmaculada conmovió a la ciudad

Por HIPÓLITO SANZONE

hsanzone@eldia.com

“Desconfíe de quien no tenga la ropa ni la autoridad para acercarse”.

Ya en el año 1913 Argentina era reconocida como campeona de la estafa callejera. Ese año el gobierno italiano emitió una circular, una papeleta que entregaban a los emigrantes antes de que se subieran a los barcos. Eran recomendaciones para ponerse a salvo de lo que ya se conocía, acaso mundialmente, como “Cuento del Tío”. En Italia le decían “Trufa Americana” y se reconocía a Argentina, sobre todo a la zona del Puerto de Buenos Aires, el centro de la ciudad y las áreas de los conventillos, como su hábitat natural.

Con decenas y decenas de variantes y mutaciones a partir de los cambios de época, la esencia del Cuento del Tío siempre ha sido la misma: contar una historia creíble a una persona crédula pero, al mismo tiempo, ambiciosa o, como en el cruel engaño de Los Uniformes del Colegio Inmaculada de La Plata, acorralada por la angustia que cabalga sobre la necesidad económica.

LA HERENCIA DEL TÍO

Que el Cuento del Tío se llame así obedece a la sucesión de hechos que hace más de un siglo tuvieron como escenario los conventillos de la Boca. Ahí era fácil encontrar a un tano o una tana dispuesto a ayudar a quien se presentaba como sobrino de un hombre rico que le había dejado mucho dinero, pero el heredero decía que no podía ir a cobrar la herencia porque no tenía ni para el pasaje. La estafa consistía entonces en obtener un préstamo que jamás se devolvía. Después vivieron otras variantes cada cual más insólita, como la del billete de lotería premiado y otras que crecieron junto con la modernidad.

En la actualidad hay gente que cae con el Cuento del Sobrino y que también exige a los estafadores alguna capacidad actoral para hacerse pasar, ante personas mayores, por el sobrino que no es y que se ofrece a cambiar los dólares que la tía tiene guardados porque “van a salir de circulación”.

Entre los “Consejos y Advertencias” incluidos en la papeleta de 1913, se pedía desconfiar “de quien no tenga la ropa ni la autoridad para acercarse”, en referencia a falsos policías de civil o inspectores de diferente especie.

“No escuche ni historias maravillosas ni casos piadosos y sosténgase por el momento incapaz de prestar la mínima ayuda a cualquiera y muy especialmente a los que le digan haber hecho el viaje con usted, cosa que no se sabe nunca si es verdad”.

TRUFA A LA AMERICANA

Ya partir de ahí se abundaba en ejemplos de posibles “trufas a la americana” pero también se advertía sobre el peligro de poseer una “conciencia elástica”, capaz que aceptar un trato para obtener ganancias fáciles o ilícitas.

En el invierno de 1986 se produciría en La Plata una sucesión de estafas del tipo Cuento del Tío pero con el condimento de mayor crueldad que pueda imaginarse, como es estafar al desesperado o desesperada por la necesidad de trabajo.

La policía nunca consiguió ubicar a la estafadora y lo único que pudo obtener fue el identikit de una mujer “rubia, regordeta, de ojos claros, simpática y locuaz”.

Se advertía sobre el peligro de poseer una “conciencia elástica”, capaz de aceptar un trato ilícito”

 

Tras el escándalo y las repercusiones que tuvo el caso, oficialmente se habló de una veintena de personas estafadas, todas mujeres. Pero la investigación se motorizó a partir de la denuncia de una de ellas.

En la mañana del 28 de julio de 1986, sonó el timbre en la casa de Liliana Mabel Strada de Herrera, una mujer de poco más de 40 años, conocida y respetada vecina de la zona de Lisandro Olmos. En la puerta estaba la mujer regordeta simpática, con el cabello rubio hecho un rodete que más tarde buscaría la policía y de la que hablaría buena parte de la ciudad.

La desconocida, que andaría por los 35 años, pidió disculpas por el atrevimiento pero se justificó en que “me han hablado muy bien de usted y ya que me vine hasta acá, hasta Olmos, no me quisiera ir sin ofrecerle el trabajo”.

- ¿Qué trabajo?, preguntó Liliana.

Liliana Mabel Strada de Herrera

EL UNIFORME

La simpática dijo entonces era “Jefa de Personal del Colegio Inmaculada” y que estaba en el barrio porque había ido a la casa de una conocida suya a ofrecerle un puesto en ese establecimiento.

“Pero me dice que se acaba de enterar que está embarazada y por el momento prefiere no trabajar”, dijo la rubia locuaz.

Y le propuso a Mabel tomar el puesto vacante para “tareas sencillas, colaborar en el orden del colegio, como una preceptora, nada pesado”, informó.

Según la denuncia penal formulada entonces, “el trabajo era a cambio de un sueldo de 260 australes, interesante para la época, más un premio de 27 australes, estabilidad laboral y otros beneficios”.

Mabel no pudo ocultar el entusiasmo y, como ocurre, la estafadora bien que se agarró de ahí. Entonces sacó el puñal que escondía: “El único problema es que esta gente necesita cubrir el puesto cuanto antes”, dijo.

Mabel no dudó y volvió a decir que si, que no había problemas. Entonces la regordeta simpática le apoyó el filo del puñal en el cuello.

“Tendría que comprarse el uniforme, ese es un requisito que no se puede saltar. Pero quédese tranquila que yo le puedo conseguir uno usado, que estoy segura que le va a quedar bien. Era de una señora que trabajó hasta el año pasado pero le salió algo mejor y renunció”.

A esa altura, Mabel ya había puesto un pie en el terreno de lo que no esperaba y aún así volvió a decir que sí, que bueno.

La rubia no aflojó. Le dijo que sin el uniforme no había trato

 

LA PUNTA DEL PUÑAL

Y ahí la estafadora le hundió la punta.

“Me tendrías que dar 185 australes, es lo que pide esta señora. Capaz que si le digo que es por una urgencia se lo saco por menos plata, por 170, y en todo caso te devuelvo”, dijo la Jefa de Personal.

Ahí a Mabel se le vino el mundo abajo. Esos 185 australes eran más de lo que podía poder. Después de pensarlo un poco dijo que no, que no podía. Pero que si le daban la posibilidad de pagarlo en dos ó tres veces o pagarlo cuando cobrara el primer sueldo, entonces sí, encantada de la vida. La mujer contó lo mal que la estaba pasando.

La rubia no aflojó. Le dijo que era imposible, que sin uniforme no había posibilidades de conseguir ese empleo. Le dio entonces a Mabel una serie de sugerencias cantadas, de manual.

“Fijate si alguien te puede prestar, si tenés algo para vender. No pierdas esta oportunidad”.

Mabel pensó y no encontró respuesta. Pero en medio de esa pesadumbre tuvo una reacción solidaria y lo primero que se le vino a la mente fue su amiga Stella Maris D’Anunzio, vecina de 38 y 135.

“Ella también necesita trabajo y quizá tenga el dinero para el uniforme. Vaya a verla, dígale que yo la mandé”, le dijo Mabel a la estafadora que con ese dato pegó media vuelta y corrió a la casa de Stella Maris.

LA DUDA

No pasó mucho tiempo hasta que Mabel volvió a arrepentirse de haber rechazado la oferta. Pensó que al fin y al cabo si estiraba el dinero con que contaba y conseguía algún préstamo pequeño entre sus conocidos, podía reunir los 185 australes. Entonces salió detrás de la mujer regordeta, rogando que ya no hubiese llegado a la casa de Stella Maris.

Cuando llegó, su amiga ya había caído en la trampa y tenía el dinero en la mano. Mabel contó el motivo de su presencia pero al mismo tiempo dejó en claro que no pensaba reclamar el trabajo que un rato antes había rechazada.

“Ya está, la culpa es mía por dudar tanto”, dijo.

Pero la regordeta, rápida como un refucilo, les informó que en realidad las vacantes en el Colegio Inmaculada eran más de una.

“Incluso un transporte escolar las pasará a buscar todos los días, ni en micro van a gastar”.

Según la engañadora, el uniforme constaba de guardapolvo, blazer, capa, botas de goma y otras prendas de trabajo. Y se fue de ahí con los 185 australes de Stella Maris y los ciento y pico que había reunido Mabel.

Al tercer día sin novedades de “la Jefa de Personal”, las mujeres empezaron a inquietarse. Y al cumplirse una semana decidieron subirse a un micro y preguntar en el Colegio de 11 y 45.

ESTAFADAS

“¿Qué uniformes?”, fue lo primero que les preguntó la persona que las atendió. Y fue como un puntazo al corazón.

La policía contabilizaría un total de cinco estafas comprobadas pero siempre se dijo que las engañadas podrían haber sido más de 20, sólo con el cuento del Colegio Inmaculada y una cantidad cercana con uniformes de trabajo de otras instituciones platenses.

Al tomar estado público el caso de Mabel y de Stella Maris, la indignación creció rápidamente. La policía elaboró y distribuyó un identikit pero poco ayudó a la pesquisa.

A esa altura, la “Jefa de Personal” ya habría cambiado de trabajo.

 

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